Revista Rampa

 




 

 

 

 

 

En compañía de los viajeros finales

Luis Fernando Macías

 

El tío Toño trabajaba como hornero de la panadería cuando lo conocí. Yo venía en el viaje del nacimiento hacia la vida y la conciencia de la vida; por eso no puedo precisar el momento y, más bien, tengo la sensación de que lo conozco desde siempre. Trabajaba con la mano derecha y el pulido muñón del antebrazo izquierdo: apoyaba el antebrazo en el brazo de la pala y con la mano, ya empujaba las latas de pan a la nave interior del horno, ya las extraía humeantes y olorosas. Era un hombre pequeñito de piel morena y sombrero de fieltro, bajo el cual rebrillaba su rostro huesudo, iluminado por la llama palpitante; había perdido la mano izquierda en un molino de caña desde su niñez y después de una peregrinación por los pueblos y ciudades del país, por los oficios humildes y por la adolescencia, el matrimonio, la paternidad y el abandono, había terminado en el horno de la panadería, acalorando su silencio y su serena introspección. Mientras el tío horneaba, me daba a la tarea de auscultarlo con mi mirada y mis preguntas. No recuerdo las preguntas, entreveo las historias y las imágenes de las historias. Había tenido una esposa, a quien, por su forma de referirse a ella, yo sentía que nunca había amado de verdad, pero con quien había tenido una hija, cuyo anhelo era la causa de que en su mirada se dibujara una tristeza profunda y contenida. En el álbum de la familia pude verla con las manos extendidas, sosteniendo los bordes de una falda plegada como un abanico; a la sombra de un sauce, su mirada de dieciocho años se perdía en las mangas de Medellín, tal vez imaginando la ciudad lejana donde transcurriría su vida en la madurez, mientras el tío la recordaba al calor de la tarde y del horno.

Cuando el tío abandonó la panadería para retornar al campo, al trozo de finca que había heredado desde los años remotos de su juventud, fue reemplazado por Octavio, el primo que jugaba con el cuchillo de cortar la masa, mientras los pandequesos se doraban bajo el fuego más alto e iban inundando el aire con ese olor que acariciaba los pulmones.

No sé cuánto tiempo pasó antes de que regresara, pero una tarde volvió, decrépito ya, y agobiado por el cáncer. Mi madre le arregló una cama en una de las piezas de arriba, junto al hueco que servía de ventana, en el rincón, frente a la puerta. El tío subió, se cambió sus ropas de campo por una pijama, destendió las sábanas, me entregó el sombrero de fieltro (apareció su testa pelada detrás de la frente llena de arrugas) y se acostó. Me senté en el borde de la cama a escuchar su conversación. Tenía una voz cansada y en su relato mezclaba sueños y deseos con asuntos del pasado, con anhelos y fantasías antiguas como si todo le hubiera sucedido. Por la profunda comunicación que se fue tramando entre los dos y por el amor infinito que yo sentía en su mirada, supongo que él sabía que esa habitación oscura era su morada última y la mía su última compañía.

Mientras abajo, en el primer piso, la vida de la panadería los mantenía ocupados a todos, a los de la casa y a quienes entraban en ella, despertando un bullicio vigoroso y desbocado, en el rostro del tío se iban operando cambios que yo percibía casi sin comprender: los ojos se iban hundiendo en las cuencas; la piel se iba pegando a los huesos, arrugándose, palideciendo; la respiración se iba haciendo más lenta; el aura de su cuerpo se tornaba opaca. Era como si a cada minuto estuviera más lejos, más solo. Ahora imagino la sensación de mi recuerdo como si me encontrara, en ese momento, en la puerta de un laberinto, donde sólo podía entrar el tío Toño, mientras yo lo observaba irse. Mi madre subía cada cierto tiempo con una taza de café y una pastilla, o con un plato de sopa para darle.

—A ver, Antonio, déjeme sentarlo para que se tome esta sopita. Abra la boca, mijo, yo se la voy dando despacio.

En el tono de su voz había mucha ternura para el tío, y una tranquila aceptación de la muerte, tan profunda, que a mí se me borraban los temores de su cercanía.

Afuera me dijo:

—Tal vez mañana se muere. Mejor, ya es hora de que descanse, está sufriendo mucho.

Sin embargo, yo sabía que él estaba tranquilo y feliz, preparando un viaje. Cuando volví al borde de su cama, me miró sostenido, tanto que la luz de sus ojos tocó mis huesos, y me dijo:

—Me voy para El Carmen. Mañana o pasado mañana me levanto y me voy. Quiero sembrar un maicito para que su mamá nos haga arepas de chócolo.

Al día siguiente, en el momento en que mi madre lo cargaba para que descansara de la cama, partió, así como me lo había prometido.

Años después yo era un adolescente que quería experimentarlo todo y veía en el trabajo de la panadería al enemigo que me impedía vivir, vivir. No obstante me las arreglaba para, además de realizar mi trabajo obligatorio, andar por las calles hasta altas horas de la noche, contemplando, ávido, la vida del barrio bajo el manto de sombra. Recuerdo una noche, había cumplido apenas quince años; he olvidado de dónde venía; eran tal vez más de las doce; abrí la puerta y entré en el silencio dormido de la casa. Mientras cerraba de nuevo, sentí una presencia triste, envuelta en la oscuridad a mis espaldas; estaba allí el olor a tabaco de mi padre; me di vuelta y era él, vi su escaso pelo blanco desgreñado, vi su rostro plano de inmensa papada, vi la silueta de su larga nariz y sentí que su presencia le infundía al aire una tristeza más allá de toda posible comprensión. «Se va a morir», pensé, y continué con el ritual de acostarme. Más tarde, desde la cama, mi oído descendía por las escaleras en penumbra y recorría el patio para entrar en la sala y sentirlo allí con los codos recostados contra el mostrador y el tabaco, apagado ya, entre los dedos. Mientras me envolvía en las cobijas y cerraba los ojos, alguna fuerza me obligaba a continuar en la venta junto a él, siguiendo el ritmo de su respiración asmática y buscando en su mirada lejana, perdida, la respuesta a una pregunta que todavía no sabía formularme con claridad: «¿qué voy a ser cuando él se muera, cuando ya no vea por mí?».

Desde esa noche, todas las noches me dormía tejiendo los mismos pensamientos, mientras con el oído recorría la casa en busca de su agonía. Nací cuando mi padre ya era un hombre viejo y nuestra comunicación siempre fue secreta, en gestos, en actos, en actitudes y silencios, pero no en palabras. Los viejos comprenden las limitaciones de las palabras y las usan lo menos posible. En mis entradas a altas horas de la noche y en su silencio de insomne había un diálogo tan profundo que su significación consciente sólo podré conocerla paso a paso en la vida, y tal vez, cuando llegue el momento de enfrentar mi propia muerte, podré decir que la he descifrado.

Cada día, cada noche, mi padre estaba más cerca de esa plenitud que llamamos muerte. Una mañana de julio, sábado, se levantó y sus pasos llevaron las arrastraderas hasta el baño en un traslado lento, como quien sobrelleva un peso muy superior a sus fuerzas; eran sus pasos los de Prometeo. Recuerdo mucho su mirada: por última vez entró al trabajadero, sin detenerse a contemplar el fulgor de la llama en el horno, para él tan ajena, tan lejana ya; por última vez sus manos viejas soltaron el baño, su pelo blanco brilló en el ámbito de la cocina, sus pies recorrieron la casa hasta la pieza, hasta la cama donde, por última vez, sus ojos nos miraron mientras se acostaba para entregarse al abrazo de la muerte, sin que supiéramos entonces que ésa era nuestra muerte, nuestro viaje por las islas bienaventuradas.

Cuatro años más tarde acompañé a mi madre al cementerio San Pedro y, mientras contemplaba el acto de exhumación de los restos, empecé a comprender —de un modo secreto— que no somos un individuo sino una cadena, un ser perdurable que nace y muere constantemente. Mi padre seguía vivo en mí y yo había muerto en él. Desde el origen comenzamos a morir, la muerte es periódica como la vida, la vigilia y el sueño.

Rafael era un muchacho rosado, fuerte, de mirada azul. Tenía veintiún años cuando regresó de Coveñas, de un paseo de vacaciones con sus cuñados, los hermanos de Pastora, su novia, su compañera para iniciar el viaje final. Estábamos tan ocupados en la preparación del pan para ganarnos entre todos el sustento de todos, que no advertimos cuando lo sorprendió el amanecer en el baño, tratando de soportar el terrible dolor de estómago que lo doblaba sobre sí mismo, ni la siguiente noche en vela, ni la otra, ni las demás. Apenas nos inquietó su consulta médica, porque era tal vez la primera vez en su vida que se veía obligado a ella. «Amebas», dictaminó el doctor y vino el tratamiento contra las amebas. Sin embargo, no había ninguna mejora con el paso de los días. Otro médico, otro tratamiento, otro fracaso. Empezamos a ver las marcas del dolor en su rostro, la palidez, la pérdida de peso. Lo vimos entrar al baño cada cinco minutos durante las horas del día y durante las horas de la noche. Escuchamos la receta de doña Rosa contra las amibas, la receta de doña Cristina contra los parásitos intestinales. Aguardiente con limón en ayunas, cápsulas de veterina, medicamentos oficiales de los especialistas... Su ser se fue tornando dócil, su mirada fue ganando paz a pesar de la tristeza. Secretamente fuimos comprendiendo su verdadero mal.

Hacer con alguien el viaje final permite tocar la suavidad del ser, comprender el valor de la vida en la humildad de su esencia. Dos años después, los médicos entendieron la realidad del destino en él, e impotentes, se enfrentaron a una causa perdida para que todos en silencio lo aceptáramos y nos preparáramos en armonía para acompañarlo, de la mano, hasta la puerta de salida que es al mismo tiempo la puerta de entrada al viaje solitario por las regiones plácidas.

Recuerdo su serena concentración alrededor de la mesa de billar en que jugábamos, en compañía de los primos. Para nosotros, el recto viaje de la bola sobre el paño significaba un pequeño placer, una armonía tal vez; para él —creo— era la concatenación maravillosa de los efectos y de las causas en la plenitud del suceso elemental, algo así como un ritual sagrado que confiere a los hechos nimios el valor de lo irrepetible. Esa concepción hacía que el billar fuera un acto total, un espacio para construir la hermandad de la existencia, y todos, en una comprensión más allá de las palabras, buscábamos la perfección del efecto sobre la bola, la manera de encontrar el golpe exacto, el que fuera digno de la responsabilidad sacra que lo engendraba y, del mismo modo, la carambola, la combinación de jugadas que conducen al rey enemigo al mate, el intercambio de cartas que construyen el juego vencedor, nos enseñaron la dignidad, la humildad de la vida en su más inocente pálpito.  

1989

© Luis Fernando Macías Zuluaga (Medellín, Colombia, 1957). Magíster en Filosofía y Licenciado en Educación, Español y Literatura de la Universidad de Antioquia. Especialista en Literatura Latinoamericana de la Universidad de Medellín.
Fue miembro del comité de dirección de la revista Poesía y fundador de la Editorial El Propio Bolsillo .
Fue director del Departamento de Publicaciones de la Universidad de Antioquia, donde se desempeña como profesor del área de literatura.
Ha publicado las novelas: Amada está lavando (1979); Ganzúa (1989) y Eugenia en la sombra (2003). Los libros de poemas: Una leve mirada sobre el valle (1994); La línea del tiempo (1997); Vecinas (1998); Los cantos de Isabel (2000); Memoria del pez ( La Habana , 2002) y Cantar del retorno (2003). Los libros infantiles: La flor de lilolá (1986); La rana sin dientes (1988); Casa de bifloras (1991) y Alejandro y María (2000). Los libros de ensayo: Diario de lectura I: Manuel Mejía Vallejo (1994); Diario de lectura II: El pensamiento estético en las obras de Fernando González (1997); Busca raíz (1999) y El juego como método para la enseñanza de la literatura a niños y jóvenes (2003). Los libros de cuentos Los relatos de La Milagrosa (2000) y Los guardianes inocentes (2004). Las antologías: El cuento es el rey de los maestros (2007) y León de Greiff en el mítico país de Bolombolo (2007). Y el estudio: Glosario de referencias léxicas y culturales en la obra de León de Greiff (2007).

 

 

Hiperbatón en la panadería

Edgardo Lois

 

Leon Tolstoi

El pibe tenía trece, quizá catorce años, y tenía, además del puñado de años, un problema, era tartamudo.

Había nacido en 1936, era hincha de San Lorenzo, y como afirmaría cuando ya había dejado de ser aquel pibe tartamudo, San Lorenzo... cuadro grande como los cuadros de Van Gogh y así de inmortal.

Ser tartamudo significaba sacar siempre la sortija a la hora de la crueldad que en calesita practicaba la mayoría de los pibes del barrio. Inevitable, se habrá dicho infinidad de veces en su vida el hombre hincha de San Lorenzo.

El hombre que alguna vez fue un pibe tartamudo recuerda la imagen de su padre. Se identifica con el recuerdo del viejo. El hombre afirma tener más de cien años cuando sé que sólo tiene sesenta y ocho, y entonces le creo; afirma estar sumando sus años a los vividos por su padre, una manera de seguir en la imagen, en la huella; Es así, explica, que esta manera de ser lleva más de cien años de entre vidas, y entonces le creo.

Juntar la letra m con la letra e al principio de una palabra es difícil y mucho peor cuando dicha palabra está ubicada al principio de una frase, el momento es un horror para un pibe que tartamudea; una prueba jodida de enfrentar cada vez que la mañana golpea la puerta del día, recuerda el hombre.

No había día sin mañana; la mañana se repetía, era perseverante, insensible, lógica y dañina para el pibe tartamudo. Su personaje tenía letra a primera hora, justo cuando debía cumplir con un mandado.

Era, sin dudas, bueno tener la moneda para poder comprar la comida, en este caso el pan, y era precisamente el hecho de tener el principio de la tragedia.

Tuve tres panaderías en mi Martín Coronado de pibe, la de la vuelta, que nunca tuvo nombre; La Pompeya, y la Santa María.

La panadería sin nombre, estaba a la vuelta de mi casa, justo frente al club 12 de octubre. En el club aprendí, en cancha de papi fútbol, a la que siempre vuelvo con Gucho, Miguel Cepillo, Juan, Reni y Néstor, él siempre parando la pelota con el pecho y entrando al área, digo siempre porque así lo sigue haciendo y hace tanto que se murió, a descubrir los detalles de la pelota a través de la mirada, desde la ábrete sésamo de la mañana hasta que el cuero se anochecía. No sé cuántos dueños tuvo la panadería; alguna vez jugué con algún amigo que era hijo de panadero; también recorrí los alrededores del horno, de las mesas donde se multiplicaba el pan debido al trabajo del trabajador que es la mejor manera de multiplicar. En la de la vuelta vi cómo era una panadería mostrador adentro, cortina plástica de cintitas de colores adentro. En esa panadería atendió Marcelo, un muchacho que muchas veces intentó darme en forma directa una factura de regalo, un obsequio cuando yo todavía era el nene que acompañaba a mamá, y cuenta la leyenda que no la aceptaba, la factura era factura después que pasaba por las manos de mi mamá. Desconfiado el pendejo, una buena enseñanza para los tiempos que se venían, ja. Alguien mató a Marcelo, así me enteré con los años, cuando él ya ni siquiera era panadero, cuando ya no me hubiera regalado una factura. En esa misma panadería gané un gran huevo de pascua, muy grande y con dos patitos en azúcar de color al frente, dos patitos como mi 22 de abril, por eso se eligió el número para el sorteo, y por eso gané. Fue la única vez que gané algo, un objeto, un valor monetario, luego lo material empezó como a desdibujarse, a escapar de mi vida, desde entonces me atraería el intento de ganar la bendición hereje, y ahí sí tuve la suerte de ganar la maravillosa bendición de algunas mujeres y ahora la voy de charla tras la maravillosa bendición de la palabra escrita. Desde el balcón de la panadería sin nombre, donde estaba la vivienda del panadero, se veía la cancha del 12, y desde ahí, muchas veces, mientras jugaba a la pelota con mis amigos con nombre y con los que ya no lo tienen, soñé que me miraba la hija de uno de los tantos panaderos que indefectiblemente buscaron un poco de bonanza en una panadería que nunca dio para mucho, ni para el nombre.

La Pompeya era otra opción en Martín Coronado a la hora del pan, del otro lado de las vías del Ferrocarril Urquiza, había más panaderías, pero si la de la vuelta no conformaba por alguna razón, se imponían las cuatro cuadras que me llevaban a La Pompeya. La atendía una familia, los padres, los hijos, las mujeres de los hijos; había que hacer cola para comprar el pan del sábado, del domingo; el pan era rico, crocante, con un color y un aroma que nunca más volví a saborear, el pan de la infancia se quedó en la infancia, igual que los tomates, deformes y rojos, que también se quedaron en la infancia, tiempos aquellos sin tomates globalizados, tiempos sin la blanca palidez en la caripela del pan insípido del mismo globo institucionalizado. Los dueños de La Pompeya regalaban al final del día aquello que no se vendía, como siempre dijo mi vieja, cuántos se habrán ido a dormir con una factura de La Pompeya como única cena posible.

No tengo mucho que decir de la Santa María, estaba a una cuadra de la estación, quedaba un tanto más lejos; había que ir hasta la estación, ir por el caminito del costado de la vía; pero era lejos, y qué lejos que sería que no recuerdo la cara de ninguno de los que atendía; una panadería de paso, por eso, creo, me queda de paso por el recuerdo, como pan crudo, como factura sin crema pastelera.

En Martín Coronado estas tres panaderías conservan sus respectivos lugares. La de la vuelta, sin nombre, hoy sólo un reparto de pan, al pan lo traen de otro lado, del siempre misterioso otro lado de la vía; nadie me mira desde el balcón cada vez que se me da por volver a la cancha de papi del 12. La Pompeya sigue siendo La Pompeya , el mismo nombre, pero otro pan. La Santa María sigue cerca de la estación, y sigue vendiendo pan crudo para la memoria. Eso sí, nunca me trataron mal en ninguna de estas panaderías, no recuerdo un mal momento. No tengo dudas, ahí nomás, de pibe, así me enseñaron mis viejos, le hubiese prestado cualquiera de mis panaderías al pibe de San Lorenzo, para que no la pasara mal. Pero dicen que la vida es así, dicen, se dice, que a veces la vida tiene sus vueltas, Es algo raro el destino, / lo que hoy es cara, mañana es cruz , así le escuché en blues a la Mississippi , dicen también que no hay mal que por bien no venga, no llegue, no golpée la puerta, y entonces se arme otra historia, Y siempre viene de la vida algo mejor, así volví a escucharle en blues a la Mississippi.

La madre del pibe hincha de San Lorenzo, el pibe al que le hubiese prestado mis panaderías por más que soy de Independiente, lo mandaba todas las mañanas a la panadería. Andá y comprá medio kilo de pan, recuerda el hombre que dice tener más de cien años y al cual le creo; Andá y comprá medio kilo de pan y ahí el drama anunciado, el drama para el pibe tartamudo que tenía que empezar a hablar con una palabra que empezaba con una m y una e, la única manera de decir medio. En la panadería esperaba ansiosa una categoría de turra, con título de empleada, que lo medía, lo veía acercarse. La fila que avanzaba, y el tarta que iba hacia ella. El pibe entraba a la panadería como al Castillo de Carfax, iba a darle un beso a Carmilla, iba a un entierro prematuro, iba por las cuevas de las ratas, y entonces la panadería era cementerio, porque la turra lo apuraba, cada vez, cada mañana, Y dále pibe, qué querés, dále que hay gente. Medio kilo, recuerda el hombre. Tenía que pedir medio kilo torturante de pan, porque medio kilo era lo que se precisaba en casa, y entonces ella sabía cómo promover la lectura de una historia de terror.

Pero un día el pibe se despertó distinto, una mañana con otro aroma, estúpidamente feliz que es la mejor manera de sentirse feliz, la felicidad por aquello que no se sabe, que no se conoce, que no se sospecha; feliz y con fuerza, el pibe le entró con fuerza al día, y vamos con ésa, porque ésa era la señal, la pista del día, y entonces dame la bolsa que me voy a comprar el pan. Hizo la cola, el hombre que recuerda dice que esto sucedió en uno de esos días en que un pibe, un adolescente, se planta, pisa distinto, y ahí se mandó de una vez para adentro de la ballena, del cementerio, de la nube púrpura, encaró a la turra y dijo de esta manera, escuchen, Pan... medio kilo , y entonces fue la palabra, las palabras con un nuevo orden. La turra todavía llora el nacimiento de la poesía.

Eugenio Mandrini, invitado al Ciclo de poetas del 60, es el hombre de más de cien años, es el hincha de San Lorenzo, es quien recuerda, en una tarde casi noche, entre las paredes del café El Federal, en Carlos Calvo y Perú. Eugenio, el memorioso, relata cómo fue que llegó a la poesía, de qué manera notó que algo distinto se podía hacer jugando con el orden de las palabras. No lo sabía, pero en la panadería del barrio él había plantado su primer hipérbaton, dice la Academia, figura de construcción, consistente en invertir el orden que en el discurso deben tener las palabras con arreglo a la sintaxis llamada regular. Como se diría en el barrio, Te la di vuelta, giluna.

Eugenio Mandrini dijo que después de descubrir el antídoto, fue a los libros y vio que el juego no se daba en la prosa, y sí en la poesía. Citó como ejemplo a Bécquer, Del salón en el ángulo oscuro / de su dueña tal vez olvidada, / silenciosa y cubierta de polvo, / veíase el arpa.

El ejemplo, la anécdota, el guiño poético, llegaba desde la escuela de la calle de Arlt. Mandrini, en esa tarde casi noche, pareció emerger de unos baños de multitud y callejeo, con palabras en aguafuerte dio cátedra humana, simple, así fue como habló de su experiencia de vida en los alrededores de la poesía o del pan.

Octubre 2004

© Edgardo Lois (Argentina, 1962) publicó los siguientes libros: Miradas escritas al acrílico ( 2006); La Caramba en 24 hojas ( 2005); Un intento de desalojo en los años 40 (2004); Vampiros en la mitología de la tristeza o Del exilio dentro de la misma casa (Tango novelado, 2002); México, un refugio en Buenos Aires (2001); Vuelo interno (sobre un espejo y la muerte -2001); Anecdótica historia de la muerte (2001); Bitácora de lluvia (1998).